Era una fría tarde de diciembre en Aranjuez. El viento soplaba entre los plátanos de sombra de la Calle de la Reina y, mientras la nieve amenazaba con cubrir los Jardines del Príncipe, el señor Martínez suspiraba frente a su chimenea. Tenía una misión: vender su hogar en el Sur de Madrid para mudarse cerca de sus nietos. Pero, como si fueran los fantasmas de Dickens, tres grandes miedos lo...